Estamos convencidos de que la vida es un camino que seguimos, hasta que encontramos una encrucijada. Una bifurcación que nos obliga a elegir.Imaginemos que la vida no marca ningún camino, más que el que nosotros decidamos seguir. Imaginemos una travesía desde un punto a otro de un mapa, campo a través. Podemos ir rectos, podemos ir esquivando algunos obstáculos difíciles, o podemos atravesar esos obstáculos con esfuerzo. Claro, a nosotros nos parece que la vida nos marca un camino, simplemente porque estamos yendo directamente a un lugar concreto o en una dirección determinada. Puede que realmente queramos ir allí, puede que no nos guste pero creamos que no queda más remedio, pero avanzamos en una dirección, cosa que nos hace pensar que realmente existe un camino. Pero es un camino imaginario que nosotros seguimos, a veces conscientemente, a veces a ciegas. Cuando vemos el camino, no nos cuestionamos nada, porque necesitamos creer que ese camino existe y vamos en buena dirección.
Sin embargo, hay momentos en que no sabemos que rumbo tomar. Llegamos a una encrucijada. Nos ataca la ansiedad, nos ponemos nerviosos porque no sabemos qué decidir. Pero... puede que la encrucijada no exista más que en nuestra mente. Si realmente atravesamos la vida campo a través viendo caminos que en realidad no están marcados, ¿que es una encrucijada?
Puede que no sea más que una manera que tiene la vida de decirnos que no sabemos lo que hacemos. Estamos en medio de un mapa, como siempre habíamos hecho yendo en una dirección, pero de repente, no tenemos esa dirección tan clara. Y esto si que es una verdad que muchas veces nos negamos a aceptar: las decisiones solo se toman cuando dudamos. Si tuviéramos las cosas claras, no necesitaríamos decidir. Las respuestas que buscamos son algo curioso. Buscamos desesperadamente algo que nos indique que camino debemos seguir, pero en cambio no nos lo hemos preguntado el resto del camino campo a través. Y una vez encontramos las respuestas, las preguntas nos parecen tontas. Como estar desorientado en un lugar que conoces, luego miras el mapa y piensas "que tonto soy...". Como los acertijos o los jeroglíficos. Una vez sabido su significado, parecen fáciles. Si nos conocemos a nosotros mismos, sabemos a dónde queremos ir y sabremos la dirección.
¿Y si fuera esto lo que hace que en ocasiones la vida parezca fácil y otras difícil? ¿que hace que nos encontremos con esas odiosas encrucijadas? Puede que nuestros miedos. Miedo a perder el camino. Simplemente porque preferimos ir a un lugar feo y desolado pero saber seguro que vamos allí. O pereza, porque es mejor ir a un lugar que sabemos dónde está, que buscar con esfuerzo un lugar mejor pero incierto. También la obstinación: El convencimiento de que la vida es de determinada manera y debe ser así... y nos dedicamos a encajar todo en nuestra manera de ver las cosas. Pero puede que nos equivoquemos y la vida no sea como esperamos, ni siquiera nuestros valores correctos. Y tenemos miedo de perdernos por el camino. O miedo a darnos cuenta que ni siquiera sabemos qué camino buscamos. Incluso llega al extremo de crearnos tapones en nuestra mente, en nuestras emociones: seguimos un camino cuando en el fondo sabemos que las cosas son diferentes, pero evitamos confrontarlo y aceptarlo, para no tener que admitir que un camino que elegimos en el pasado con tantas ganas, no es el camino que realmente nos pide nuestra alma. Porque admitir que nos equivocamos, duele.
Pero no duele si te das cuenta de que no hay caminos. Vamos en una dirección, nos damos cuenta de que no es la que queremos seguir y la cambiamos. ¿dónde está el error? No, no existe. El terreno cambia. La gente cambia. La vida cambia. No existen las equivocaciones, sino los cambios. Una equivocación es negativa, implica que no hemos aprendido nada. Un cambio es algo positivo. Una equivocación implica que hay un camino correcto... y eso no existe.
Y no es tan difícil. Vemos caminos donde no los hay. Vemos encrucijadas donde no existen. La vida es campo a través, y hagamos lo que hagamos, nosotros estamos allí, en ese punto, en el aquí y ahora. Podemos ir donde nos plazca, sin miedo. Hagamos lo que hagamos es lo correcto, porque el punto de referencia lo marca uno mismo. Y porque de perderse, se aprende.
¿Y por qué tenemos que decidir a dónde ir en una encrucijada? No hay por qué. si estamos en una, es precisamente porque no sabemos que camino tomar. Paciencia. Sigamos recto. O paremos. No hay caminos. Siempre podemos girar cuando nos plazca. Cuando conozcamos suficiente el terreno donde pisamos, cuando nos escuchemos a nosotros mismos, no habrá encrucijadas porque sabremos exactamente a dónde ir.
A veces puede parecer que atravesamos un desierto. Otras una selva llena de obstáculos. Depende de cómo lo veamos. Somos un punto en un mapa sin carreteras. Solo tenemos que movernos, la vida nos deja elegir, pero al mismo tiempo nos enseña y nos lleva a donde realmente queremos ir, si la escuchamos. Y entonces vemos un camino, que en realidad solo existe en nuestra mente, pero que nos orienta en medio de la nada hasta donde queramos ir.
¿Existe el camino de baldosas doradas, como en El Mago de Oz? No es más que la manera de ver en ese mapa sin carreteras, el camino que realmente nosotros queremos seguir. No el que creemos que debemos seguir, sino el que realmente queremos seguir. Sólo conociéndonos a nosotros mismos sabremos distinguir entre ambos caminos, y no habrá encrucijadas, porque no habrá dudas.
Dedicado a una serie de personas que esta semana pasada nos hemos encontrado perdidos en encrucijadas, curiosamente todos a la vez. Todo está conectado y la vida tiene sus maneras de mostrarlo. El camino de baldosas doradas está esperando ser encontrado, pero para eso hay que encontrarse a uno mismo en ese mapa.
Y algunos lo tienen bajo los pies. Y no lo ven. Pero para verlo es necesario mirar hacia abajo, cuestionarse la base, bajar la vista hacia los pies, hacia los pilares que aguantan todo el yo, para mirar dónde realmente se apoyan, poder ver las baldosas y caminar, con la seguridad de saber que ese camino no se desmoronará ni nos extraviará.
Caminante no hay camino... se hace camino al andar. Cuánta verdad hay en ese famoso verso.
